viernes, 7 de septiembre de 2012

FRANCISCO DE QUEVEDO

España (Madrid, 15801 – Villanueva de los Infantes, 1645)

Nacido en el seno de una familia aristócrata, estuvo ligado a la corte y a las altas esferas del poder a lo largo de toda su vida. Se educó en el Colegio Imperial de los jesuitas, y posteriormente en las Universidades de Alcalá de Henares y Valladolid, centrándose en la teología y los idiomas. Su amistad con el duque de Osuna, y más tarde con el Conde-Duque de Olivares fomentaron su prestigio, llegando a ser Caballero de la Orden de Santiago, si bien tuvo varias caídas en desgracia que lo empujaron al destierro en varias ocasiones. Finalmente, debido a los casos de corrupción que rodeaban al Conde-Duque y las sospechas de éste hacia el autor, fue encerrado en una pequeña celda del convento de San Marcos, del que salió con la salud muy afectada, retirándose definitivamente a la Torre de Juan Abad, desde donde se trasladó a Villanueva de los Infantes, donde murió.

Frente a sus textos satíricos y burlones (desde sus letrillas y sonetos, pasando por su prosa picaresca, como puede apreciarse en su obra más conocida, Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos), destaca su poesía más seria, que refleja su temática reincidente, centrada en el tiempo y la muerte. También trató el ensayo político y filosófico (La cuna y la sepultura) y fue un asiduo traductor y crítico literario. Entre su poesía más conocida se encuentran su Rimas.

 Es conocido por su enemistad con el célebre poeta barroco Luis de Góngora, por su defensa del conceptismo como estilo literario y sus múltiples trifulcas políticas, es uno de los poetas y prosistas más importantes de la lengua española.

(Más información: Wikipedia, Biografías y vidas, Los poetas)

ENTREACTO de Ángel González


No acaba aquí la historia.
Esto es sólo
una pequeña pausa para que descansemos.
La tensión es tan grande,
la emoción que desprende la trama es tan
intensa,
que todos,
bailarines y actores, acróbatas
y distinguido público,
agradecemos
la convencional tregua del entreacto,
y comprobamos
alegremente que todo era mentira,
mientras los músicos afinan sus violines.
Hasta ahora hemos visto
varias escenas rápidas que preludiaban muerte.
conocemos el rostro de ciertos personajes
y sabemos
algo que incluso muchos de ellos ignoran:
el móvil
de la traición y el nombre
de quien la hizo.
Nada definitivo ocurrió todavía,
pero
la desesperación está nítidamente
dibujada, y los intérpretes
intentan evitar el rigor del destino
poniendo
demasiado calor en sus exuberantes
ademanes, demasiado carmín en sus sonrisas
falsas,
con lo que –es evidente– disimulan
su cobardía, el terror
que dirige
sus movimientos en el escenario.
Aquellos
ineficaces y tortuosos diálogos
refiriéndose a ayer, a un tiempo
ido,
completan, sin embargo,
el panorama roto que tenemos
ante nosotros, y acaso
expliquen luego muchas cosas, sean
la clave que al final lo justifique
todo.
No olvidemos tampoco
las palabras de amor junto al estanque,
el gesto demudado, la violencia
con que alguien dijo:
                                  “no”,
                                             mirando al cielo,
y la sorpresa que produce
el torvo jardinero cuando anuncia:
“Llueve, señores,
llueve
todavía”.
Pero tal vez sea pronto para hacer conjeturas:
dejemos
que la tramoya se prepare,
que los que han de morir recuperen su aliento,
y pensemos,
cuando el drama prosiga y el dolor
fingido
se vuelva verdadero en nuestros corazones,
que nada puede hacerse, que está próximo
el final que tememos de antemano,
que la aventura acabará, sin duda,
como debe acabar, como está escrito,
como es inevitable que suceda.


Ángel González

ÁNGEL GONZÁLEZ

España (Oviedo, 1925 – Madrid, 2008)

Se licenció en Derecho, y fue profesor de Literatura española en la Universidad de Nuevo México desde 1972 hasta su jubilación, en 1993. En 1996 fue elegido miembro de la Real Academia Española. Se le considera miembro de la generación del 50.

Su primer libro de poemas fue Áspero mundo (1956). Siguieron Sin esperanza, con convencimiento (1962) y Grado elemental (1962). Palabra sobre palabra (1965) es de temática amorosa. Otras obras poéticas suyas son Tratado de urbanismo (1967), Breves acotaciones para una biografía (1969), Prosemas o menos (1985) y Otoños y otras luces (2001). Las recopilaciones de su obra aparecen con el título genérico de Palabra sobre palabra, libro reeditado con variantes en diversas ocasiones.

Ha escrito también ensayos sobre Juan Ramón Jiménez (1973), El grupo poético de 1927 (1976), Gabriel Celaya (1977) y Antonio Machado (1979). En 1985 obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

(Más información: Wikipedia, Biblioteca Cervantes, EpdlP)

LA MALA MUERTE de Fernando Royuela

Edición: 2000
Editorial: Alfaguara
Páginas: 443


Novela de Fernando Royuela, publicada en el 2000

Goyito, el insólito protagonista de esta novela, recibe la que tal vez vaya a resultar la última visita de su vida. Este encuentro dará lugar a un repaso inmoral y despiadado de su biografía que irá convirtiéndose página tras página en una lectura crítica y rebelde de la España contemporánea.

Entroncada en la más auténtica tradición literaria española, La mala muerte es una obra moderna y feroz al igual que el mundo que retrata, la historia de una ambición desenfrenada en un país en el que suele dejarse todo en manos de la providencia.


LEÍDO por.... Andrés:

Me había topado con buenas reseñas de esta novela, pero fue el que hubiera obtenido el Premio Ojo crítico de RNE fue lo que me decidió.
Dalí: El gran masturbador

Acompañando al protagonista de la novela, un enano cínico y pícaro según la tradición literaria española, que nos dice: “Yo nací enano, ya me ve, con las piernas retraídas sobre el tronco, los brazos que apenas me llegan a las manos y las manos comprimidas contra los hombros como alitas con dedos”, recorremos la historia de España desde la postguerra, disfrutando de la buena prosa del Royuela.

Prologa el libro unos versos del poema Entreacto, de Ángel González, para prepararnos , ya que en este viaje nos toparemos con algunos versos desperdigados de algunos de los mejores poetas españoles:
Francisco de Quevedo (Madrid, 1580 – Villanueva de los Infantes, 1645)
Pedo Calderón de la Barca (Madrid, 1600 - ibídem,  1681)
Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, 1898 – entre Víznar y Alfacar, 1936)
Blas de Otero (Bilbao,  1916 - Majadahonda 1979)

Aún cuando la temporalidad del relato es lineal, los muchos hechos anticipados nos dan la impresión de que avanzamos como en un baile, asistiendo a las malas muertes de algunos de los personajes, malos personajes, auténticos hijos de puta, que acompañan a nuestro protagonista: “
A lo largo de mi vida he conocido a innumerables hijos de puta y a ninguno le deseé la mala muerte; cosa distinta fue que la tuvieran!”, que como un mal agorero nos las anticipa.

Velazquez: Retrato de Sebastián de Morra

Una prosa que me gusta, aunque pueda parecer recargada, me llevan a pensar que estamos ante una buena novela que no conviene dejar pasar. Como muestra una botonadura:
  • Un tercer esputo con un coágulo se le quedó prendido en el velo del paladar como si fuera una estalactita póstuma del moco
  • Yo, sin embargo, no un cacho sino el resto de mi vida hubiera dado por catarle una sola vez los labios, por bebérselos con la boca, por hartarme de la nata sin batir de sus mejillas, por pringarme con el polen de su amor
  • a la espera de que la niña Margarita me rematara el desasosiego con el cuchillo afilado de su caminar
  • decía el imbécil con el moco de la senectud colgándole del disparate
  • no parecía posible que algún tiempo atrás me hubiera dado aquel escarmiento que me dejó roto de cráneo y descosido de alma
  • El niño Santomás era un hijo de puta de los galantes y creyentes, de esos que cedían el paso a las señoras para calibrarles desde atrás el culo y acudían luego los domingos a la iglesia, pavoneando la fe de sus mayores por creerse mejores que los demás
  • Cuatro viejas de negro con arrugas hasta en los velos se volvieron al unísono y me escupieron sin saliva sendas miradas recriminatorias
  • La pastosidad metálica de lo ruin me aturrullaba la voluntad y el miedo me la sostenía
  • unos buscando un amo al que servir sin pensar y otros a la busca de la libertad para poder pensar y no servir
  • me acariciaba la braquicefalia con la misma ternura con la que se les acaricia a los perros las heridas, a los tontos las ideas o los versos a los poetas
  • En el transcurso de los meses la fui escrutando con claridad y escrotando con caridad hasta embarrancar en la simbiosis

Algunas palabras o expresiones que me han gustado, han sido:
 

La yesca del placer carnal prende allí donde más seco anda el monte
La acumulación de la riqueza es el blasón que distingue al ser humano del resto de la zoología 

Un hombre es el hambre que ha pasado, cualquier tipo de hambre, cualquier tipo de hombre
 

Palabras recuperadas:   
a la virulé
birlibirloque
pamplinas
ringorrango
aguachirle

 Mi cachico:

Yo también quise hacer la primera comunión. Se lo dije a mi madre y me mandó a hablar con el cura don Vicente. «Veta al cura, y si te la bendice, eso que ganas.» El cura don Vicente era un hijo de puta de los de sotana raída y calva grasienta que a toda costa me evitaba. Tenía los dedos muy esparragados y unas uñas siempre sembradas de roña que parecían eriales comidos por las urracas. Le olía el hábito a rute y en las mejillas la lapa seca de la insidia le rebañaba la delgadez. No tenía que haber ido a hablarle, pero entonces andaba yo ilusionado con esas exhibiciones de la liturgia y cometí el error. El cura don Vicente me cogió de una oreja y me elevó tirando de ella hasta la botonadura del pecho. «¿Tú quieres hacer la comunión, pendejo, y ni siquiera estás bautizado? ¿Cómo vas ha hacer tú la comunión sin no eres más que un aborto del pecado? Anda, vete y sal corriendo a morder ratas del campo y que tenga el Señor la caridad de perdonarte el haber nacido.» Desconcertado por aquella arenga en contrario cuando yo lo que esperaba era complacencia, no supe cómo reaccionar e impulsado por la rabia de mi contrariedad le solté a la cara un «me cago en la hostia, hijo de puta» timorato aunque muy bien pronunciado. Del bofetón que me arreó se me enturbió la vista. Me quedé quieto, inmóvil, estatua, la tonelada del mundo me aplastaba el tamaño. «Eres soberbio como todos los de tu ralea, enano, desgraciado. Sal inmediatamente de la casa de Dios y no vuelvas jamás a profanarla con tu inmundicia. Arredro vayas, so mamón.» El cura me hablaba con los ojos inyectados de los dementes  y las palabras le salían de la boca llovidas con saliva. Salí de allí tambaleándome, trastabillando, hundido en la desgracia pero con la flor de la venganza bien nutrida de perfume. Aguardaría el momento idóneo para mostrarle al cura el alcance de su belleza.

FERNANDO ROYUELA

España (Madrid, 1963)

Uno de los mejores prosistas en español, es autor de El prado de los monstruos (1996), Callejero de Judas (1997) y La mala muerte (2000),por la que obtuvo el Premio Ojo Crítico de RNE. Sus siguientes novelas han sido, La pasión según las fieras (2003),  Violeta en el cielo con diamantes (2005) y El rombo de Michaelis (2007). Su obra ha sido publicada en Francia, Alemania, Italia y Brasil.
Su última novela ha sido Cuando Lázaro anduvo, publicada en 2012.

(Más información: Wikipedia, Lecturalia, MB Agencia literaria)

miércoles, 29 de agosto de 2012

PASEOS CON MI MADRE de Javier Pérez Andujar

Edición: 2011
Editorial: Tusquets
Páginas: 179

Esta ¿novela? de Javier Pérez Andujar se publicó en el 2011.

Este libro es un emocionante homenaje a los bloques de edificios que rodean Barcelona, y a los que la ciudad ha dado la espalda. A través de un paisaje autobiográfico, pero intercambiable con el de todas las ciudades del mundo, el autor descubre escenas de sí mismo, e historias épicas y conmovedoras. Para ello recorre sus calles, la orilla del río Besòs y la playa al pie de la central térmica paseando con su madre. Le salen al encuentro los fantasmas de los antiguos amigos y vecinos, las colas del paro, el impacto de las primeras superficies comerciales, los conciertos en los campos de fútbol, las luchas vecinales y las huelgas obreras. Las conquistas y las derrotas de una generación que llegó a Barcelona venida de mil sitios. Memoria personal y crónica de urgencia con su hermosísima aleación de humor y poesía, este libro es también un ajuste de cuentas y una indagación en busca de una identidad que, al final, el autor va a descubrir en la voz de su madre.

LEÍDO por.... Andrés:

Había leído de este autor sus dos últimas novelas, Los principes valientes (2007) y Todo lo que se llevó el diablo (2010), y ambas me gustaron mucho, como ya quedó reseñando y como además las críticas que cayeron en mis manos eran buenas,  me animé a leerla.

Escrita con una prosa que a mi me gusta mucho, utiliza el título como una mera excusa para darse un paseo por la Barcelona y sus barrios anexados de hace unos cuantos años.

Quizá para los que conocen este paisaje el libro les diga más que a mi, que cuando iba por la página 140 lo dejé, no por como lo cuenta, que me gusta, sino por lo que cuenta, que a mi no me dice nada. Me atraía más los dos libros que estaban esperándome encima de la mesa.

Bueno, quizá la próxima me resulte más interesante.

domingo, 26 de agosto de 2012

EL REY DE LA HABANA de Pedro Juan Gutiérrez


Edición, 2006 
Editorial: Anagrama
Páginas: 211

Esta novela de Pedro Juan Gutiérrez se publicó en el 2006.

Pedro Juan aquí tiene entre quince y veintiún años y vive en Matanzas, una ciudad portuaria cerca de La Habana, en los años sesenta. Es un joven impetuoso, insolente y quizás un poco alocado, que atraviesa esta novela a la velocidad de un torpedo. Decenas de personajes aparecen y rebotan contra Pedro Juan, para conformar así una visión vertiginosa de una época especialmente caótica y efervescente. Muchos mitos actuales nacieron en la década de los sesenta. Uno de los supervivientes narra aquí su vida desesperada y reflexiona con una visión abismal sobre los restos del naufragio.

LEÍDO por.... Andrés:

Tal como comenté hace tiempo en la reseña de otra novela de este autor, El nido de la serpiente, había dejado pendiente el leer esta novela, ejemplo de sátira menipea según José Ramón Vilahomat en su artículo ya mencionado Sátira híbrida y sujeto menipeo: la literatura cubana y latinoamericana actual.
La Habana, febrero 2012, Paseo del Prado

Me he encontrado con una tremenda descripción de la vida de un adolescente cubano, el Rey(naldo) de la Habana, en un entorno de sexo, miseria, suciedad, abandono, ruina y degradación moral, con un paréntesis en las antípodas durante su visita a Varadero, el paraíso del turista, dando mayor contraste aún, mostrando un futuro que nunca podría alcanzar.
 
Además de realismo sucio, guarro y por si alguien pudiera tener dudas de esto, el inicio de la novela se encarga de sacarnos de dudas: “Aquel pedazo de azotea era el más puerco de todo el edificio”. Frases cortas, muy cortas, diálogos telegráficos y lenguaje directo y claro, que hacen que la lectura se deslice rápida y ágil, mientras  asistimos al drama de toda una sociedad, produciendo un contraste entre el disfrute de la lectura y lo ácido de la historia.



La Habana, febrero 2012


Bronco en su relato, escatológico si es necesario, “Antes cagó en un pedazo de papel, hizo un envoltorio y lo lanzó a la azotea del edificio de al lado” y con un humor corrosivo, “Ya rey estaba como Compay Segundo: se le salía la babita... del glande”, “con unos músculos vigorosos y más-turbadores que una mano”, apenas necesita hacer alguna crítica directa al sistema político de Cuba: “Algunos viejos seguían esperando que el gobierno solucionara algo de vez en cuando. Les habían machacado esa idea y ya la tenían impregnada genéticamente”. Todo él libro destila crítica feroz por todos sus poros.

Algunas palabras o expresiones que me han gustado, han sido:
sopapear (abofetear)
bisnecito (anglicismo, business) 
¡No le cojas miedo que este no es peo que rompa calzoncillo!
Templar (joder)
pegar tarros (poner cuernos)
El que nace pa'centavo nunca llegará a peseta
reciprocar

Palabras recuperadas:
portañola (bragueta)


Mi cachico:

Entraron en aquellas ruinas. Subieron la escalera, sin baranda. Alguna vez fue un hermoso edificio. Por algunos sitios quedaban restos de azulejos sevillanos, grandes planchas de mármol blanco enchapando los muros y trozos de hermosas barandas de hierro forjado. Ahora estaba arruinado por completo. Más de la mitad se había desplomando. En el pedazo que aún se sostenía en pie existían tres habitaciones. Cada una con una puerta y un candado. Una era de Magdalena. Dentro sólo había una colchoneta tirada en el piso. En un rincón una cazuela, un jarro, una cuchara, una lata con agua, una hornilla de carbón vegetal y tres cajas de cartón: una con alguna ropa muy vieja y raída; otra con unos cartuchos de arroz, frijoles, azúcar y otra más con una bolas de maní crudo y una provisión de papel blanco para confeccionar cucuruchos. Magda bebía ron y fumaba cigarrillos. A veces un poco de mariguana. Y poca comida. No hablaron mucho. Casi nada. O nada. Ella cerró la puerta, abrió una ventana para airear un poco el cuarto. Se miraron y se besaron. Sobraban las palabras.


A ninguno le molestaba la suciedad del otro. Ella tenía un chocho un poco agrio y el culo apestoso a mierda. Él tenía una nata blanca y fétida entre la cabeza del rabo y el pellejo que la rodeaba. Ambos olían a grajo en la axilas, a ratas muertas en los pies, y sudaban. Todo eso los excitaba.

jueves, 23 de agosto de 2012

EL DUELO de Joseph Conrad

Traducción: NO FIGURA
Edición: 2009
Editorial: Leer-e
Páginas: 85

Esta novela de Joseph Conrad fue publicada en 1907

Napoleón I, cuya carrera militar tuvo las características de un duelo contra toda Europa, desaprobaba los duelos entre los oficiales de su ejército. El gran emperador militar no era nigún espadachín y sentía poco respeto por la tradición. A pesar de eso, una historia de duelo, que acabó convirtiéndose en leyenda militar, recorrió la epopeya de las guerras napoleónicas. Para sorpresa y admiración de sus camaradas, dos oficiales, como artistas enloquecidos que pretendieran refinar el oro puro o rizar el rizo, mantuvieron una disputa particular durante aquellos años de matanza generalizada.

Los dos protagonistas de la novela, dos tenientes de húsares, no pueden ser más distintos entre sí, tanto por su aspecto, uno gordo y otro flaco, por su carácter, uno fogoso y otro flemático o incluso por sus ideas políticas, uno incondicional admirador de Napoleón Bonaparte y el otro más bien frío con las ideas imperiales. Sin embargo, el ambiente social y el código de honor que comparten los mantendrá indisolublemente unidos, porque no hay nadie más cercano, más intimo y más familiar que el hombre que habrá de matarte. Y con el tiempo dejará de importar la razón por la que comenzó esta enemistad y proseguirá solamente la ceremonia violenta, como un sacrificio a un dios que muere cada año pero nunca resucita.

LEÍDO por.... Andrés:

De Conrad había leido  El confidente secreto, El corazón de las tinieblas y El agente secreto, en 1986, 1990 y 2002, respectivamente, de forma que en mi segunda incursión electrónica se me ocurrió leer esta corta novela, de la que no sabía nada.

Me he vuelto a encontrar con un libro escaneado (OCR) sin una buena revisión. Abundan los errores tipográficos resultado de una mala interpretación del programa de OCR, por ejemplo: "-¡M,m! Me lo asegura …", "con mudó sorpresa", "1e aseguraba", ... . ¡Lástima!


Entrando ya en materia, señalar que desde nuestros días nos cuesta entender la fuerza del honor en los tiempos de Napoleón Bonaparte, pero es algo que está muy comprobado, de hay nuestra extrañeza ante la imposibilidad del teniente (cuando comienza la historia)  D'Hubert para salirse de la persecución de su compañero de armas el también teniente Feraud, que está dispuesto a repetir cuantas veces sean necesarias, y posibles, el duelo entre ellos hasta que uno de ellos muera. Época en la que era posible lo siguiente:
—Debe comprender —comenzó [el coronel del regimiento]— que la vida de cualquiera de los individuos del regimiento me importa un bledo. Los enviaría a los ochocientos cuarenta y siete, hombres y caballos, al más seguro de los desastres sin más remordimientos que si hubiera muerto una mosca.
—Sí, mi coronel, pero usted iría a la cabeza del regimiento —dijo el teniente D'Hubert con una lánguida sonrisa

En el inicio, Conrad se posiciona claramente a favor de la caballería entre las otras armas:
Eran oficiales de caballería, y su contacto con el brioso y altivo animal que conduce a los hombres a la batalla parece particularmente apropiado al caso. Seria difícil imaginar como héroes de esta leyenda a dos oficiales de infantería, por ejemplo, cuya fantasía se encuentra embotada por las marchas excesivas, y cuyo valor ha de ser lógicamente de una naturaleza —más laboriosa. En cuanto a los artilleros e ingenieros, cuya mente se conserva serena gracias a una dieta de matemáticas, es simplemente imposible imaginarlos en semejante trance.

Novela corta y de fácil lectura, para disfrutar unas pocas horas.

Algunas palabras o expresiones que me han gustado, han sido:
semejaban frescas ninfas en medio de un despliegue de gargantas y brazos desnudos


Palabras o expresiones sorprendentes:
Estaba, sin duda, contento de no haber muerto al teniente Feraud
España, [...] la patria de las mantillas y las naranjas.

Mi cachico:

De un salto se puso en pie, empujando su silla y bostezó exageradamente como señal de que no daba importancia a sus presentimientos, y, tumbándose sobre el lecho, se durmió. Durante la noche se estremeció violentamente varias veces, pero sin despertar. Por la mañana cabalgó hacia las afueras de la ciudad entre sus dos padrinos, charlando de temas indiferentes y observando a izquierda y derecha, con aparente desenvoltura, la espesa niebla matinal que cubría los verdes prados lisos bordeados de cercas. Saltó un foso y divisó la silueta de varios hombres montados que cabalgaban envueltos en la neblina.

«Parece que tendremos que batirnos ante una numerosa galería», murmuró amargamente para sí.

Sus padrinos se encontraban preocupados por el estado del tiempo, pero de pronto los pálidos rayos de un sol anémico perforaron trabajosamente las pesadas evaporaciones, y el capitán D'Hubert vio, a cierta distancia, a tres jinetes que galopaban separados de los demás. Eran el capitán Feraud y sus padrinos. Sacó el sable y comprobó que lo tenía bien sujeto a la muñeca. Y luego los padrinos, que se habían mantenido hasta entonces en un grupo cerrado, con las cabezas de los caballos juntas, se separaron a trote lento, dejando un amplio espacio entre él y su adversario. El capitán D'Hubert miró el pálido sol, observó la desolación de los campos, y la estupidez de la lucha inminente lo llenó de tristeza. Desde un rincón apartado del prado, una voz estentórea gritó las órdenes a intervalos regulares: Au pas... Au trot... Charrrgez!... No sin motivos experimenta el hombre presentimientos de muerte, pensaba D'Hubert en el preciso momento en que espoleaba su cabalgadura.

Y por esto quedó enormemente asombrado cuando, a la primera arremetida, el capitán Feraud recibió una herida en la frente, que, cegándolo con su sangre, puso fin al combate casi antes de que empezara. Era imposible continuar. Dejando a su enemigo, que blasfemaba horriblemente, debatiéndose entre sus dos afligidos amigos, el capitán D'Hubert volvió a saltar el foso hacia el camino y troto rumbo a casa con sus dos padrinos, al parecer anonadados por el vertiginoso desenlace del encuentro