lunes, 21 de enero de 2013

EPISODIOS NACIONALES, Serie tercera: 7. Vergara, de Benito Pérez Galdós

Edición: Libro electrónico
Páginas: 250

El gran friso narrativo de los Episodios Nacionales sirvió de vehículo a
Benito Pérez Galdós (1843-1920) para recrear en él, novelescamente engarzada, la totalidad de la compleja vida de los españoles –guerras, política, vida cotidiana, reacciones populares– a lo largo del agitado siglo XIX.

VERGARA fue la villa guipuzcoana que vio unido para siempre su nombre al convenio entre los generales Espartero y Maroto que puso fin en 1839 a los seis sangrientos años largos durante los que transcurrió la Primera Guerra Carlista. Las pintorescas intrigas históricas que precedieron a este acontecimiento se entreveran con las novelescas que siguen protagonizando Fernando Calpena, Beltrán de Urdaneta, Aura, Zoilo y demás personajes de esta Tercera serie.

Esta novela, la sexta de la Tercera Serie de los
Episodios Nacionales: Cristinos y carlistas,  la publicó Benito Pérez Galdós en 1900
 

Comienza así:

De D. Pedro Hillo a los Sres. de Maltrana
 
Miranda de Ebro, Octubre de 1837.
Señora y señor de todo mi respeto: Con felicidad, más no sin estorbos, por causa del sinnúmero de tropas que nos han acompañado en todo el camino, marchando en la propia dirección, llegamos a esta noble villa realenga ayer por la mañana. Soldados a pie y a caballo descendían por las cañadas, o aparecían por atajos y vericuetos, y engrosando la multitud guerrera en el llano por donde el Ebro corre, nos vimos al fin envueltos en el torbellino de un grande ejército, o al menos a mí me lo parecía, pues nunca vi tanta tropa reunida. Generales y convoyes pasaban sin cesar a nuestro lado tomándonos la delantera, y ya próximos a Miranda vimos al propio caudillo, Conde de Luchana, seguido de brillante escolta, y a otros afamados jefes y oficiales, que al punto  conocieron a Fernando y le saludaron gozosos.

LEIDO por.... Andrés:
 
Empieza la novela con el estilo epistolar con que acabo la anterior, pero, “agotada la preciosa colección de cartas que un Hado feliz puso en manos del narrador de estas historias”, vuelve al estilo directo con un narrador omnisciente que sigue las tribulaciones de nuestro protagonista Fernando Calpena.
Diego de León 
"Era un hombre febril, hercúleo, que empezaba en un inmenso corazón y acababa en una lanza"

Se  nos vuelven a mostrar las ideas del narrador (¿autor?) contra la guerra: “Hay que matar con reglas, ya que el matar dicen que es necesario. ¡Maldita guerra, escuela de pecados, salvoconducto de los impíos, precipicio a que ruedan las almas, simulacro del infierno!

Leyendo la novela una se da cuenta de como han cambiado los tiempos, “curarle sus leves heridas con salmuera y vinagre”, para alguna cosa y no para otras: “deseo un buen juez, rara avis”, “Ellos están presos porque no tienen quien les ampare
General Rafael Maroto (Lorca, 1783 – Valparaíso, 1853) 
"hombre tan inseguro y tornadizo"
Siempre es un gustazo traer aquí alguna de las descripciones de Galdós:
  • Añado que es agradable, de rostro moreno, con vivísimos ojos de ratón, sonrisa de pícaro redomado, mediano de cuerpo, de palabra fácil y graciosa”,
  • ¡Bonita Historia de España están escribiendo unos y otros, mi querido Fernando!”,
  • Era Santiago Ibero un mozo gallardísimo, franco, con toda el alma en los ojos y el corazón en los labios, cetrino, de mirada ardiente.
  • "Toda la noche estuvo viendo ante sí, en la obscuridad, los ojos de Espartero, negros, penetrantes, ojos de trastienda y picardía, y su rostro atezado, duro, que parecía de talla, labradito y con buches, el bigote triangular sobre el fino labio, la  mosca, las patillas, demasiado ornamento de pelos cortos para una sola cara."
Abrazo de Vergara, 29 de agosto de 1839
"Abrazaos, hijos míos, como yo abrazo al General de los que fueron contrarios nuestros"
Seguimos aprendiendo historia disfrutando de estos episodios para no olvidar.
Fusilamientos de Estella
Algunas palabras o expresiones que me han gustado, han sido:
acto fúnebre de castigar a los que por matar sin reglas deshonraron su oficio de matar
pierna izquierda, que era de acebuche

Palabras recuperadas o, más bien, anticipadas:
hogaño
basca
tente-en-pie
tiempos de Maricastaña
miel sobre hojuelas
salido de madre
cuatro gatos

Palabras o expresiones que me han sorprendido:

calabocero


Mi cachico:

Por fin, viendo el buen señor que no producía el efecto que se proponía, y conociendo que ni su acento ni su ademán respondían a la majestad que intentaba poner en ellos, se comió la mejor parte del preparado sermón, y fue derecho en busca del efecto final. «Hijos míos -exclamó ahuecando la voz todo lo que pudo-, ¿me reconocéis por vuestro Rey?». La contestación fue un «¡Sí, sí... viva el Rey!» que corrió, extinguiéndose en las filas lejanas. «¿Y estáis dispuestos -añadió-, a seguirme a todas partes, a derramar vuestra sangre en defensa de mi Causa y de la Religión?».
Silencio en las filas. No se oyó ni un murmullo ni un aliento. El General Eguía, alzándose sobre los estribos, y poniéndose rojo del esfuerzo con que gritaba, dio varios vivas que fueron contestados fríamente. De las segundas filas vino primero un rumor tímido, después exclamaciones más claras, por fin estas voces: «¡Viva la paz, viva nuestro General, viva Maroto!».
-¡Voluntarios! -gritó entonces D. Carlos, y en ocasión tan crítica la dignidad brilló en su rostro... Al fin descendía de cien Reyes-. Voluntarios, donde está vuestro Rey no hay General alguno... Os repito: ¿queréis seguirme?».
Silencio sepulcral. El Brigadier Iturbe, jefe de los guipuzcoanos, acudió a remediar con un pérfido expediente la desairada, angustiosa   -315-   situación del Monarca. «Señor -le dijo-, es que no entienden el castellano». Y D. Carlos, tragando saliva, le ordenó que hiciera la pregunta en vascuence. Pero Iturbe, que era de los más comprometidos en la política marotista, formuló la pregunta con una alteración grave: ¿Paquia naidezute, mutillac? (¿Queréis la paz, muchachos?) Y con gran estruendo respondió toda la tropa: ¡Bai jauna! (Sí, señor.)
Debió D. Carlos sacar su espada y atravesar con ella al brigadier guipuzcoano, castigando en el acto la grosera, irreverente burla. Volvió la cara lívida, y vio tras sí a Maroto, que de su mortal zozobra se recobraba viendo convertido en sainete el acto iniciado con trágica grandeza. D. Carlos, incapaz de arranque varonil, tuvo dignidad. Dijo a los de su escolta: «estamos vendidos»; y sin más discursos, ni pronunciar ligera recriminación, volvió grupas y picó espuelas, saliendo al galope por el camino de Villafranca, con la reata de Príncipes y Generales y la menguada escolta. Corrieron, corrieron sin respiro, temerosos de que los sicarios de Maroto fueran en su seguimiento.

sábado, 19 de enero de 2013

EPISODIOS NACIONALES, Serie tercera: 6. La estafeta romántica, de Benito Pérez Galdós

Edición: Libro electrónico
Páginas: 227

El gran friso narrativo de los Episodios Nacionales sirvió de vehículo a
Benito Pérez Galdós (1843-1920) para recrear en él, novelescamente engarzada, la totalidad de la compleja vida de los españoles –guerras, política, vida cotidiana, reacciones populares– a lo largo del agitado siglo XIX.

Escrita de forma epistolar, LA ESTAFETA ROMÁNTICA es un prodigioso retrato de la incidencia de la sensibilidad romántica en España. Galdós no se centra sólo en los ámbitos de las artes y de la literatura, muchos de cuyos representantes aparecen en sus páginas, sino también y sobre todo en aquello que siempre supo tratar magistralmente: la vida cotidiana –en sus cafés, en sus teatros, en sus calles– y el espíritu, las actitudes y decisiones de sus anónimos protagonistas.

Esta novela, la sexta de la Tercera Serie de los 
Episodios Nacionales: Cristinos y carlistas,  la publicó  Benito Pérez Galdós en 1899.
 

Comienza así:
De Doña María Tirgo a Doña Juana Teresa

En La Guardia, a 20 de febrero de 1837.

Amiga y señora: Por la tuya del 7, que me trajo el seminarista de Tarazona, he comprendido que la mía del día de la Candelaria no llegó a tus manos, o que anda por esos caminos atontada y perezosa; que esto suele acontecer a todo papel que al correo se fía, a quien ahora damos un nombre que le cae muy bien: la mala. Repito en esta, asegurada por la mano de unos ribereños que llevan trigo, lo que te dije en la que se atascó en esos baches, y le añado novedades que han de causarte admiración, como a mí, sin que aún podamos afirmar si serán adversas o favorables a nuestro asunto.

LEIDO por.... Andrés:

Escrita toda ella en modo epistolar, además de relatarnos los acontecimientos sucedidos en ese periodo de tiempo, nos traslada al movimiento romántico, que debió trastocar todo el mundo literario y la vida de los ciudadanos de entonces. Toda la novela destila ese ambiente romántico, que ya empezó con la serie,excediéndose en este viaje, para mi gusto, en el aspecto religioso de los personajes, que si eran así entonces, debían de resultar insufribles.

En este ambiente romántico, fundamentalmente literario, nos encontramos con multitud de escritores que recorren sus páginas, como Larra, asistiendo a su funeral, José Zorrilla, “
un chico que se trae un universo de poesía en la cabeza”, Mesonero Romanos, Hartzenbusch, Donoso Cortés, etc.  Otros muchos desconocidos que “se pasan la vida limpiando con los codos las mesas del Parnasillo, y ensuciando con sus lenguas las reputaciones... clásicas” y Miguel de los Santos Álvarez, escritor real pero que parece por un personaje de ficción, y del que
Galdós nos trascribe, mediante un juego de personajes, los siguientes simpáticos versos:
    Miserable mortal, no te me ufanes        
    Creyéndote animal excepcional,        
    Que el mismo tiempo malgastó en ti Dios        
    Que en hacer un ratón, o a lo más, dos.   
“El que se ha suicidado en Madrid es Larra, un escritor satírico de tanto talento como mala intención,
según dicen, que yo no lo he leído ni pienso leerlo
Y leyendo las preferencias de Fernando Calpena, el protagonista, nos damos cuenta de la relatividad del momento histórico: “mándame también el tomo de poesías de Víctor Hugo, Hojas de otoño. Este poeta me enloquece. De Walter Scott quiero la Fiancée de Lamermoor, que conozco y quiero leer de nuevo, y la Hermosa de Perth, que no conozco. Me siento ávido de poesía y literatura; mas no me mandes nada clásico, que me apesta.
Vuelve a fustigar a D. Carlos: “Con tal hombre en su mano, otro Rey habría intentado un golpe decisivo; pero aquel buen señor es incapaz de golpe alguno, como no sean los golpes de pecho. Ni sabe lo que posee, ni distingue los hombres extraordinarios por su mérito efectivo de los que lo parecen por su destreza en la lisonja. Les mide por la adhesión idolátrica que le manifiestan; ha venido haciendo el ídolo de pueblo en pueblo, fiado en que Madrid le tendría dispuesto el altarito”, “El sino de D. Carlos María Isidro era no hacer nada a tiempo, y ver silencioso y lelo el paso de las ocasiones” y “El pobre D. Carlos es víctima de su ineptitud
La España de entonces, no tan distante de la actual:un papel semejante al de los diputados que no dicen más que sí y no, según las órdenes del Gobierno
Tantas frases sonoras y campanudas se me ocurren para maldecir esta endiablada máquina de las sublevaciones militares, que prefiero no transcribir ninguna, seguro de que otras voces y plumas lo expresarán más campanuda y gravemente que yo en el curso infinito de nuestras políticas trapisondas. Es un hecho, es un vicio de la sangre, del cual participamos todos, y con él hemos de vivir hasta que Dios quiera curarnos
Además de sus descripciones tan precisas y serias, ya alabadas en otras entradas, es capaz de regalarnos algunas además jocosas: “Es de esos que llevan dentro del cerebro una barajita de ideas, adquiridas y coleccionadas en el trato de los hombres más vulgares, porque de los eminentes, haya miedo que se le  pegue nada”.

Vaya, parecía que nuestra manía de hacer las estaciones antes de irnos de una visita era cosa de estos días, surgida al tener que esperar el ascensor, pero resulta que no: “
Soy como esos visitantes fastidiosos, que después de despedirse vuelven a pegar la hebra, repitiendo lo que ya dijeron; y en pie, y en la puerta ya, todavía vuelven sobre lo mismo

Algunas palabras o expresiones que me han gustado, han sido:

Tiene algo de Fauno o de Silvano, por la ligereza con que corre
prólogo con morrión.
daba todos sus golpes  en la herradura y ninguno en el clavo

Palabras recuperadas o más bien anticipada:
murria

Palabras o expresiones que me han sorprendido:
estar a que quieres boca
No vale huir del bulto

Mi cachico:

La tristeza se me va aposentando en el alma, no como huésped, sino como propietario que se decide a ocupar por siempre su domicilio heredado: no podré arrojarla nunca; la siento que se acomoda y agasaja, que enciende el hogar, que coloca sus muebles, que imprime aquí y allá su huella, y va calentando este y el otro rincón. ¿Pero qué me importa no ser nadie, si soy todo para una sola persona, y esa persona es todo para mí? Te aseguro que si no existiera mi madre y la cadena que a ella me une, para mí no habría un bien como la muerte. Me halaga la idea de no sentir nada; de sentir, si acaso, la vaga impresión de la quietud, de la carencia de todo estímulo. Es dulce notar vacíos de interés los dramas y dormidas en nuestro regazo las pasiones. Ayer fui con el párroco a visitar el cementerio: no puedes figurarte la envidia que me daba de los que duermen bajo aquellas lápidas, protegidos por una cruz. Los hay sin lápida; los hay anónimos, de olvidada filiación; los hay sin cruces ni signo alguno. Toda la noche he visto en mi mente las cruces solitarias, algunas no muy derechas, y me ha sido grato pensar en la placidez de los que duermen en la tierra, soñando quizás que han desaparecido del mundo el mal y la ridiculez.

viernes, 11 de enero de 2013

EPISODIOS NACIONALES, Serie tercera: 5. La campaña del Maestrazgo, de Benito Pérez Galdós

Edición: Libro electrónico
Páginas: 230

El gran friso narrativo de los Episodios Nacionales sirvió de vehículo a  Benito Pérez Galdós (1843-1920) para recrear en él, novelescamente engarzada, la totalidad de la compleja vida de los españoles –guerras, política, vida cotidiana, reacciones populares– a lo largo del agitado siglo XIX.

Enmarcada en uno de los episodios más enconados de la Primera Guerra Carlista, el protagonizado por el general Ramón Cabrera en las escarpadas tierras de esta comarca, LA CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO gira en torno al simpático y noble personaje de don Beltrán de Urdaneta –en quien se personifican los riesgos e infortunios que pueden recaer sobre alguien envuelto en una guerra fratricida–, así como a los amores entre el joven militar Nelet y la monja Marcela.

Esta novela, la quinta de la Tercera Serie de los Episodios Nacionales: Cristinos y carlistas,  la publicó  Benito Pérez Galdós en 1899

Comienza así:
"En la derecha margen del Ebro y a cinco leguas de la por tantos títulos esclarecida Zaragoza, existe la villa de Julióbriga, fundación de romanos, según dicen libros y rezan lápidas desenterradas, la cual, en tiempos remotos, mudó aquel nombre sonoro por el de Fuentes de Ebro, con que la designaron cien generaciones aragonesas."

LEIDO por.... Andrés:

En la novela seguiremos las andanzas del singular  “aristócrata de raza, maestro en arte social” D. Beltrán, por tierras turolenses y valencianas.
 
"Metieron a D. Beltrán en una casona llamada Corte que hace esquina con el Ayuntamiento [de Alcañiz], gótica, de ojivales porches al exterior, interiormente muy capaz, con ventanas pequeñas, las puertas no muy holgadas"
[Estuve tentado de borrar el infame edificio que aparece al fondo, pero preferí dejarlo para escarnio del edil responsable]

La campaña del Maestrazgo fue, si nos atenemos a lo que nos cuenta  Galdós, una de las más cruentas guerras civiles que hasta ese momento habían asolado España, y descripciones no nos faltan en esta novela, la más cruda hasta el momento:
  • "cacería feroz"
  • "si por economía de víveres se les mataba de hambre, por ahorrar cartuchos se determinó concluirles a bayonetazos"
  • "un cadete de doce años, que fue al matadero emparejado con su padre, [...]. La última res sacrificada fue una cantinera portuguesa."

En esta vorágine sangrienta, según la novela, tuvo mucho que ver el fusilamiento en Tortosa, el 16 de febrero de 1836,  de la madre del General Cabrera
Ello es que sonaron los tiros, y cayó la mujer al suelo, de golpe, sin ruido ni contorsiones, como un vestido, como un colgajo de trapos que cae de una percha…

El personaje histórico principal es el General Ramón Cabrera y Griñó (Tortosa, 1806 – Wentworth,  1877), conocido como «El Tigre del Maestrazgo» para la historía y como “leopardo” en la novela, que no sale mal librado del todo. 
 
Reconoció en él la cara de soberbio gato, que ya había visto, y quedó grabada en su memoria: cara triangular, de pómulos salientes, ojos grandísimos y negros con la ceja corrida, la nariz de mala forma con las ventanillas siempre palpitantes

Se confirma lo que ya apuntábamos en anteriores novelas, la complejidad de los personajes aumenta y con ella la profundidad de la narración.

Algunas palabras o expresiones que me han gustado, han sido:

impedimenta faldamentaria
pesaba sobre un poderoso alazán

Palabras recuperadas o anticipadas, más bien:
tunante
cafre
melopea
garambainas
calentar los cascos
churrigueresco

Mi cachico:

Antes de que pudiera contestarles, resonó el estruendo de una descarga… Corrió Don Beltrán hacia donde la humareda se veía, y distinguiendo los desnudos bultos de cadáveres junto al tapial del cementerio contiguo a la iglesia, lanzó una exclamación de horror y se llevó las manos a la cara. Veinte infelices habían caído ya. A poco trajeron otra cuerda: eran veinticinco, entre ellos los cadetes valencianos que acababan de ingresar en el ejército, y se estrenaban en aquella tragedia. Venían en cueros, resignados, los menos con pocos ánimos, tropezando en el camino; los más altaneros, provocativos. Algunos de ellos, alargando sus brazos hacia la embriagada turbamulta del festín, gritaron frenéticos… «¡Viva Isabel II!»… La descarga les cortó la palabra y el fervor de sus exclamaciones; luego, los tiros sueltos para rematarles sonaban a cacería. Excitados con los vivas insolentes de las víctimas, la soldadesca entregada a la gula prorrumpió en gran vocerío aclamando a los suyos, escarneciendo a los vencidos, que no tenían bastante con la muerte. Mientras traían otra cuerda del cercano corral donde les desnudaban, en la explanada vaciaron más pellejos. Los vacíos yacían en el suelo como cuerpos despanzurrados, sanguinolentos. En algunos grupos, donde con la borrachera se había perdido hasta el último destello de razón, gritaban: «Más, más». ¿Qué pedían? ¿Más bebida o más muertes? Las dos cosas: vino bautizado con sangre.

Soldados del Serrador y de Tallada cogían entre dos los muertos, por pies y cabeza, y los iban arrojando a un lado, formando montón. Las gentes del pueblo, que al principio de la matanza se aproximaron con instintiva curiosidad y querencia insana del terror, huían ya despavoridas. La musiquilla seguía lanzando su chillar bufonesco en medio de la melopea espantosa de tal tragedia, declamada por los fusiles de una parte, de otra por los ayes lastimeros o los arrogantes apóstrofes de las víctimas. Si pavoroso era el estruendo de las descargas, no lo era menos el graznido lúgubre de la banda o murga y el coro desenfrenado y soez de los que comían, bebían y pateaban sobre el propio Calvario… Movido de inmensa compasión, de un sentimiento de protesta contra tanta barbarie, se fue D. Beltrán con paso torpe hacia donde fusilaban… Le entró el delirio de unir un grito suyo al de los que gritando morían. No sabía por dónde andaba… Una mano vigorosa le apartó diciéndole: «¿A dónde va, buen hombre? Atrás, o le coge una bala…». Retirose, metiendo los pies en un charco de sangre… Vio los cuerpos desnudos retorciéndose en el suelo, y la presteza con que los remataban, como quien extermina una plaga de animales dañinos. Huyó el pobre señor horrorizado, sin saber a dónde iba a parar; y más abatido por efecto del pavor que del cansancio, se dejó caer en tierra. Una nueva descarga, alaridos, vivas y mueras, y el coro de los bebedores, que ya era ronco, con voces arrastradas, grotescas, llevaron al colmo su espanto. Se tapaba los oídos: sus miradas buscaban en el movimiento de los grupos algo que indicase la terminación de la matanza; pero nada veía. El humo cubría la hecatombe. Volviendo sus ojos al cielo, ansiando ver algo que borrase de su espíritu la impresión de tales horrores, contempló un instante la inmensidad azul. calmosa y pura.

lunes, 7 de enero de 2013

EPISODIOS NACIONALES, Serie tercera: 4. Luchana , de Benito Pérez Galdós

Edición: Libro electrónico
Páginas: 289

El gran friso narrativo de los Episodios Nacionales sirvió de vehículo a Benito Pérez Galdós (1843-1920) para recrear en él, novelescamente engarzada, la totalidad de la compleja vida de los españoles –guerras, política, vida cotidiana, reacciones populares– a lo largo del agitado siglo XIX.
 
El núcleo del presente episodio es la batalla de LUCHANA, decisiva para el desarrollo posterior de la Primera Guerra Carlista, así como la figura del general Espartero que en ella logró alzarse con la victoria. Entretejida con el hecho histórico, sin embargo, seguimos averiguando la peripecia amorosa y vital del liberal y romántico Fernando Calpena, personaje del que se sirve Galdós para enhebrar toda esta Tercera serie.

Esta novela, la tercera de la Tercera Serie de los Episodios Nacionales: Cristinos y carlistas,  la publicó Benito Pérez Galdós en 1899.

Comienza así:
 
«En mi carta de ayer —decía la señora incógnita con fecha 14 de Agosto— te referí que nuestro buen Hillo me mandó recado al mediodía, recomendándome que no saliese a paseo por el pueblo, ni aun por los jardines, porque corrían voces de que los soldados y clases del Cuarto de la Guardia, los de la Real Provincial y los granaderos de a caballo, andaban soliviantados, y se temía que nos dieran un día de jarana, cuando no de luto y desórdenes sangrientos.»”

LEIDO por.... Andrés:

Seguimos disfrutando con
Galdós. En esta novela empieza relatando el motín de La Granja en agosto de  1836
y termina con la entrada de Espartero en Bilbao el 25 de diciembre del mismo año, después de la batalla de Luchana, en los alrederores de esa ciudad, sitiada por los carlistas. 

 Y en medio, las visicitudes de Fernandito Calpena intentando llegar a donde han mandado a su querida Aura, en la que, según mi parecer, consigue un mayor suspense  y donde queda claro que ahora sus personajes son mucho más profundos que en series anteriores.

Ataque de Lutxana el 24 de diciembre 1836

La visión de España que nos proporciona
Pérez Galdós, como siempre, resulta patética, más por lo que perdura que por su carácter:
  • Un poco agorero a resultado ser Galdós cuando escribe: Ni con las dotes más excelsas que Dios pone en la voluntad y en la inteligencia de sus criaturas, podría desenvolverse Isabelita en medio del desconcierto de un país que todavía anda buscando la mejor de las Constituciones posibles, y que no parece dispuesto a dejarse gobernar con sosiego hasta que no la encuentre, porque ahora nadie es capaz de desenvolverse sin estar desconcertado.
  • la política no se hace con sentimientos, sino con virtudes, y como no tenemos estas, poco adelantamos
  • vivimos en el país de las recomendaciones y del favor personal
  • El general lamento era que España tenía todo lo bueno que Dios crió, menos gobernantes que supieran su obligación, resultando que con unos y otros siempre estábamos lo mismo
  • España está loca. Su manía consiste en hacer verosímil lo absurdo.
  • España no es país para eso [inventar]: aquí inventamos guerras y trapisondas
  • Desgraciada era entonces España; pero tenía hombres.
  • Reconozcamos que el soldado español es la virtud misma, pues por un cuarto diario consagra a la patria su existencia, por un cuarto se somete a los rigores de la disciplina, por un cuarto nos custodia y nos defiende hasta dejarse matar. No creo que en ningún país exista abnegación más barata.
Su prosa, siempre con tantas caras y aristas :
  • es feíta la pobre; tan poco agraciada, que todo el mundo cree que tiene talento… y el mundo se equivoca
  • «La vida no es más que esto, señor —dijo el escudero—, y ella y la muerte son lo mismo: unos se van y otros que se quedan… unos que vienen y otros que están, porque vinieron antes, los cuales un día les tocará también ser… idos. Todos, señor, fuimos venidos y seremos idos»
  • Revolución que aclama a las personas que encarnan la autoridad, no viene con mal vino
  • Desconfía de la revolución que se pone guantes, porque entorpecida de las manos, te acaricia con las patas
Ataque liberal al puente Lutxana

Esta vez le toca a Espartero, con su “bigote de moco”, salir bien librado, como puede leerse en Mi cachico.
Algunas palabras o expresiones que me han gustado, han sido: 
acémila muy aclerigada
ferrería
comadrear
cata-salsas
con más hambre que cómico en Cuaresma
bigote de moco

Palabras anticipadas:

de la ceca a la meca
ajilimójilis
roñica
gorrón
rico por su casa
julepe (paliza trabajando)
tutiplén

Palabras o expresiones que me han sorprendido:
cuentas de frutos y gastos
ver tres sobre un burro


Toma del puente de Luchana
Mi cachico: 


Conferenció con su jefe de Estado Mayor, el General Oraa, y acordaron suspender el ataque para organizarlo con toda la fuerza útil disponible y relevar al instante los puestos avanzados. O la casualidad o un imprevisto accidente produjeron hechos contrarios a lo que la rutinaria lógica de los caudillos disponía.

Sucedió que Oraa dispuso que se diera el toque de alto, y el corneta de órdenes, sin saber lo que hacía, distraído o alucinado, ebrio quizás del frenesí batallador, tocó ataque, y lo mismo fue oír el estridor guerrero, lanzáronse unos y otros monte arriba con ordenado y rápido movimiento, rivalizando en ardor los que el General traía con los que allí encontró. Quiso Oraa contenerles y que se cumpliera su mandato, mal interpretado por el corneta; Espartero, con mejor instinto y rápido golpe de vista, se aprovechó de aquel felicísimo arranque de la tropa, y con llama de inspiración, vio que era llegado el momento de seguir el impulso de los inferiores, de la gran masa bélica. Esta tomaba la iniciativa; esta, en un fugaz espasmo colectivo, dirigía y mandaba. Procedía, pues, favorecer este arranque, dirigirlo, extremarlo, y no permitir que desmayara. Blandiendo su espada, se puso frente a una columna, y con aquella voz sonora, con aquel tono arrogante y fiero que electrizaba a las multitudes, adoptando formas de lenguaje muy enérgicas y al propio tiempo fraternales, les dijo: «Adelante todo el mundo, y arrollemos a esos descamisados… ¡Coraje, hijos, coraje!… Ahora verán lo que somos. Delante del que de vosotros avance más, va vuestro General, que quiere ser el primer soldado… ¡A la bayoneta… carguen! ¡Coraje, hijos!… Por delante va esta espada que quiere ser la primer bayoneta… Que mueran ahora mismo esos canallas, ¡coraje!, o abandonen el campo, que es nuestro. ¡Viva la Reina, viva el Ejército, viva la Libertad!»

jueves, 3 de enero de 2013

EPISODIOS NACIONALES, Serie tercera: 3. De Oñate a La Granja , de Benito Pérez Galdós

Edición: Libro electrónico
Páginas: 254

El gran friso narrativo de los Episodios Nacionales sirvió de vehículo a
Benito Pérez Galdós (1843-1920) para recrear en él, novelescamente engarzada, la totalidad de la compleja vida de los españoles –guerras, política, vida cotidiana, reacciones populares– a lo largo del agitado siglo XIX. 

Continuación de las peripecias de Fernando Calpena, liberal y romántico, a quien dejamos en «Mendizábal» preso y arrancado de sus amores por Aura, DE OÑATE A LA GRANJA hace referencia a los dos polos que fijan la acción política de una España embarcada en la Primera Guerra Carlista: la Corte del Pretendiente, «capital del estado “absolutamente absoluto”» y el Real Sitio donde permanece la legítima Isabel II, escenario del «Motín de los Sargentos» de 1836 que restaura fugazmente la Constitución de 1812.

Esta novela, la tercera de la Tercera Serie de los
Episodios Nacionales: Cristinos y carlistas,  la publicó Benito Pérez Galdós en 1898
 

Comienza así:

Debemos dar crédito a los cronistas que consignan el extremado aburrimiento de los reos políticos, D. Fernando Calpena y D. Pedro Hillo en sus primeros días de cárcel. Y que los subsiguientes también fueron días muy tristes, no debe dudarse, si hemos de suplir con la buena lógica la falta de históricas referencias. Instaláronse en una habitación de pago, de las destinadas a los presos que disponían de dinero, y se pasaban todo el día tumbados en sus camastros, charlando si se les ocurría algo que decir, o si juzgaban prudente decirse lo que pensaban, y cuando no, mirábanse taciturnos.

LEIDO por.... Andrés:

Iniciamos la novela con D. Hillo castigando a Calpena con unos versos de la Oda a Juiio Antonio, de Horacio, en una habitación de lujo de la carcel, para asistir al desfile de los hechos históricos protagonizados por tres gaditanos que ocupan  un lugar privilegiado en este periodo de la historia y por tanto de la novela: Mendizábal, el general Fernández de Córdoba e Istúriz. Calpena viajará a Oñate, a la corte del rey caracol, y apenas conoceremos los sucesos de La Granja, a donde se dirigirá D. Hillo. Mientras que el narrador ennoblece las figuras de los dos primeros, al último lo tacha de ambicioso y desleal con Mendizábal de quien había sido amigo íntimo y con quien, sorprendentemente, llegó a batirse en duelo a muerte, pues en esas fechas de 1836 todavía se acordaban estas formas civilizadas de resolver conflictos. Claro que, si el Presidente del Consejo de Ministros y su sucesor dirimían así sus diferencias, nada debe extrañarnos.
Juan de Dios Álvarez Mendizábal, nacido Álvarez Méndez, 
(Chiclana de la Frontera, Cádiz,  1790 - Madrid,  1853)
Francisco Javier de Istúriz Montero. 
(Cádiz, 1790 - Madrid, 1871)

Galdós no suele ser generoso en la glosa de los personajes históricos. En esta novela destaca el general Luis Fernández de Córdoba verás en Córdova la representación más alta de la inteligencia y la voluntad en tres órdenes distintos, el militar, el político y el diplomático. De ese ilustre soldado digo lo que ya te indiqué a propósito de Larra: es de los que no caben aquí”, “La desgracia de este hombre es haber nacido aquí”, “Córdova es un roble plantado en un tiesto. El árbol crece… Naturalmente el tiesto se rompe…
Luis Fernández de Córdova (San Fernando, Cádiz, 1798 – Lisboa,  1840)

España, a través de la novela, se nos presenta, como ahora, más con sus aspectos “cutres” que con los positivos:
  • La chismografía se ha tomado en esta desdichada tierra las atribuciones que en otros países corresponden a la opinión. Y que la manejan bien los españoles. Esto y las guerrillas, son las dos manifestaciones más poderosas del genio nacional.
  • Todos son unos intrigantes en la oposición y unos caciquillos en el poder
  • rara vez hablaba sin remachar su discurso con aquellos clavos de acero de la elocuencia familiar española”, sobre el uso de palabras malsonantes.
Y siempre el humor de Galdós:
  • El paño que de sobra lucía en su pescuezo escaseaba en los codos, no siendo estas las únicas claraboyas por donde se le ventilaba la carne
  • D. Carlos llevaba por delante en sus frecuentes correrías de soberano caracol
  • Le querían [a D. Carlos] de veras, sin conocerle más que como se conoce a las imágenes de iglesia, que no hablan ni se mueven, pues si hablasen, quizás muchas de ellas no tendrían tantos devotos
"Espronceda, el poeta de las pasiones violentas, de los ayes de desesperación,
cantor de piratas, corsarios y ladrones"

Y leyendo, leyendo, me encuentro con unos exquisitos tirabeques propios de la ribera del Ebro.

Algunas palabras o expresiones que me han gustado, han sido:

amortajar a la que pronto había de vestirse de tierra y gusanos

Palabras o expresiones recuperadas, anticipadas, más bien:
El moro Muza
gaznápiro
candela
pistolo
mamarracho
malandrín

Palabras o expresiones que me han sorprendido:

badulaque
multiples mañanas que había tomado (casi borracho)
con la pulga en el oido
dar con un canto en los pechos
pescar truchas a bragas enjutas
calentar los cascos
como sardinas en banasto
ntapujando (Andar con tapujos)
tiro a boca de jarro
deme usted esos cinco
Soconusco (chocolate)


Mi cachico:

D. Carlos vestía de Capitán general, con sombrero de tres picos, sin más insignia que la cruz de Carlos III. Era el único faccioso que por razón de su alta categoría no usaba boina. Aclamado por el pueblo con gritos castellanos y vascuences, que se mezclaban formando una algarabía discorde, saludaba con la afabilidad fría y austera que contribuía no poco a fortalecer su prestigio ante aquella raza creyente, grave. Al satisfacer su curiosidad, tuvo también Fernando la satisfacción de que el personaje resultara como él se lo figuraba; que es un gusto sorprender en la realidad un reflejo de nuestras ideas. Vio, pues, Calpena en la encarnación del absolutismo el tipo que se había forjado en su mente; la cara de Fernando VII con menos nariz, más quijada, el labio grueso, bigote y patillas cortas, la mirada fría y obscura, de las que no penetran ni alumbran, señal de entendimientos apagados. Bien podía expresar la mandíbula del Rey, más larga que saliente, la terquedad, que hacía las veces de voluntad firme, y su mirar vago el fatalismo religioso, que ocupaba el lugar de las ideas. La prolongación del maxilar hacía muy desapacible el soberano rostro, sin llegar a la fealdad que al de su hermano daba la trompa que tenía por nariz. Uno y otro eran diestros jinetes; se asemejaban asimismo en la desmedida soberbia y en la contumacia de sus creencias acerca del derecho divino, como enviados al mundo para oprimir a estos desgraciados pueblos.

Hizo Calpena mental paralelo entre su tocayo Narizotas y el llamado Pretendiente, llegando a la conclusión triste de que si hubiera un infierno especial para los reyes, en el más calentito rescoldo de este tártaro regio debían purgar sus pecados contra la humanidad estos dos señores, que simbolizando la misma idea, por la supuesta ley de sus derechos mataron o dejaron matar tal número de españoles, que con los huesos de aquellos nobles muertos, víctimas unos de su ciego fanatismo, inmolados otros por el deber o en matanzas y represalias feroces, se podría formar una pira tan alta como el Moncayo. En todos los países, la fuerza de una idea o la ambición de un hombre han determinado enormes sacrificios de la vida de nuestros semejantes; pero nunca, ni aun en las fieras dictaduras de América, se han visto la guerra y la política tan odiosa y estúpidamente confabuladas con la muerte. La historia de las persecuciones del 14 al 20, de la reacción del 24, de las campañas apostólicas y realistas, así como del recíproco exterminio de españoles en la guerra dinástica hasta el Convenio de Vergara, causan dolor y espanto, por el contraste que ofrece la grandeza de tan extraordinario derroche de vidas con la pequeñez de las personas en cuyo nombre moría o se dejaba matar ciegamente lo más florido de la nación.

Considerados en lo moral, grande era la diferencia entre Fernando y Carlos, pues la bajeza y sentimientos innobles de aquel no tuvieron imitación en su hermano, varón puro y honrado, con toda la probidad posible dentro de aquella artificial realeza y de la superstición de soberanía providencial. Trasladados los dos a la vida privada, donde no pudieran llamarnos vasallos ni suponerse reyes cogiditos de la mano de Dios, Fernando hubiera sido siempre un mal hombre; D. Carlos un hombre de bien, sin pena ni gloria. En inteligencia, allá se iban, ganando Fernando a su hermano, si no en ideas propiamente tales, en marrullerías y artes de la vida práctica. Las ideas de Don Carlos eran pocas, tenaces, agarradas al magín duro, como el molusco a la roca, con el conglutinante del formulismo religioso, que en su espíritu tenía todo el vigor de la fe. De la piedad de Fernando no había mucho que fiar, como fundada en su propia conveniencia; la de D. Carlos se manifestaba en santurronerías sin substancia, propias de viejas histéricas, más que en actos de elevado cristianismo. En sus reveses políticos, no supo Fernando conservarse tan entero como cuando ejercía de tiranuelo, comiéndose los niños crudos; D. Carlos mantuvo su dignidad en el ostracismo y en la mala ventura, y acabó sus días amado de los que le habían servido. Fernando se compuso de manera que, al morir, los enemigos le aborrecían tanto como le despreciaban los amigos